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Por Omnia Ghassan, en Gaza. El artículo es una contribución de nuestros colaboradores No Somos Números.

Nos enorgullece presentar una serie de obras de estos jóvenes palestinos que serán publicadas periódicamente.

Se había programado mi encuentro con Mussad Bakr por la tarde. El día anterior había telefoneado a Mussad, y por su voz deduje que se trataba de un hombre mayor, aunque lo imaginé como alguien con energía. Por eso me sentí impactada por la realidad. Le esperaba en la bahía de Gaza, cerca de un barco grande de color rojo. Entonces apareció: un hombre en la cincuentena, de aspecto esquelético, tan delgado, con su espalda casi curvada y su pelo del color de la ceniza que le caía del cigarrillo que sostenía con extremo cuidado. Nos sentamos en un banco de piedra junto al barco, en compañía de algunos jóvenes pescadores que se nos unieron. Le hice una única pregunta, ¿Cual es tu historia, Mussad?. Su respuesta fluyó sin pausa hasta el final. Éstas son sus palabras:

Antes y después

Me inicié en la pesca hace 27 años, para ser exacto. Me decidí por la pesca porque adoro esta actividad; siempre ha sido y siempre será mi afición. Pero, nunca realmente me paré a pensar las consecuencias de esta profesión. Aventurarse en el mar no es tan seguro, tan entretenido o tan provechoso como lo fue en el pasado. Antes teníamos el mar más fácilmente a nuestra disposición (de los pescadores) que hoy en día. Se nos consideraba los “reyes” de Gaza. Éramos reyes porque éramos capaces de navegar desde la costa gazatí a la egipcia y permanecer en el mar el tiempo que quisiéramos. Si necesitábamos dinero, no teníamos más que salir al mar y pescar tanto como quisiéramos. Luego vendíamos o nos alimentábamos con el pescado obtenido. La pesca era nuestra elección.¡Ahora, es una obligación inevitable!

Hace quince años, cuando Abu Ammar (Yasser Arafat) era el jefe de la Autoridad Palestina, teníamos acceso a las aguas de la costa egipcia. El doble de pesca. Nos preguntamos “¿donde se supone que vamos a pescar ahora? ¿Y mañana?”

s tarde, el soldado israelí Gilad Shalit fue capturado por fuerzas palestinas en 2006. (En 2006 una escuadra armada de guerrilleros de la resistencia de Hamas cruzó la frontera pasando a los territorios ocupados por un túnel subterráneo. Hicieron explosionar las puertas posteriores de un tanque matando a dos soldados e hiriendo a otro; un cuarto soldado, Gilad Shalit, fue hecho prisionero. Lo mantuvieron en cautividad hasta que en 2011 se hizo un canje de prisioneros). Después de eso, la rabia contenida del sionismo estalló en un torrente de venganza contra todos nosotros. Un total de dos millones de personas de nuestro pueblo todavía estamos sufriend

Mussad

o las consecuencias. Hoy, ni siquiera podemos permitirnos alimentar a nuestros hijos.

Los sionistas prohíben a nuestros barcos aventurarse más allá de entre tres y nueve millas náuticas. Antes podíamos navegar incluso hasta las 200 y 500 millas. Navegábamos hasta Damietta y Port Said a lo largo de la costa egipcia y permanecíamos por la zona mientras hubiera pesca.

El mar es mi hogar. Me parte el corazón no poder navegar en él tanto como solía hacerlo. No se me permite mecerme en él, disfrutando pacíficamente de las estrellas y el cielo nocturno, sin temor a ser atacado. En el pasado, si conseguía una buena pesca, me quedaba descansando varios días en casa entre viaje y viaje. Hoy, raramente pesco lo necesario y muchas veces menos de lo necesario. ¡La pesca que solíamos obtener ahora solo la veo por televisión!

Enfrentándose a la muerte

(La guerra israelí en Gaza de 2012, la llamada Operación pilar defensivo, duró ocho días. El 21 de noviembre de 2012 se alcanzó una tregua).

Tras prohibirnos salir al mar durante ocho días, por fin se nos permitió de nuevo, pero solo hasta las seis millas. Es nuestro país y es nuestro mar. No deberían imponernos ningún límite sobre él.

Un día después del fin de la guerra, un 17 de diciembre de 2012, yo excedí el límite en unos veinte o treinta metros. Eran las 8:30 a.m. Y entonces lo oí: un sonido como el zumbido de una avispa. Se sentía muy alto y cercano; me pareció que me quedaba sordo. Dos “avispas (vehículos aéreos no tripulados; drones aka) estaban justo sobre mi cabeza, zumbando y disparando. Oí voces gritándome; querían que me detuviera. Yo sabía lo que pretendían. Querían llevarme al puerto israelí de Ashdod y destruir mi embarcación. En esos momentos sentí que la muerte sería una gloria. Siguieron zumbando sobre mi cabeza durante media hora. Justo entonces una bala me penetró en la articulación de mi cadera izquierda. Quedé paralizado. Me desmayé.

Al despertar supe que estaba en el centro médico Barzilai, en Ashkelon. ¡Estaba en territorio de los ocupantes! Me extrajeron la bala y me dejaron en el paso fronterizo Erez de vuelta en Gaza. Pero yo no sentía ni podía mover la pierna. Los israelíes me dieron una píldora diciéndome que me aliviaría el dolor y disminuiría el anquilosamiento. Así fue, pero solo con gran dificultad fui capaz de llegar hasta mi casa en Gaza. Cuando pasó el efecto de la píldora, se recrudeció el dolor. Creí que nunca sería capaz de volver a utilizar mi pierna. También perdí el GPS de mi barco y el motor. ¡Oh, mi motor! Desde entonces no he vuelto a tener otro.

Es un milagro que todavía pueda andar, un milagro que esté vivo.

No es lo mismo

Este y otros relatos de pescadores reflejan la historia de Mohammed Bakr. Este joven pescador nos representaba a todos nosotros. Involuntariamente excedió el límite de navegación y los israelíes lo ametrallaron. Se abrazó al motor de su barco para protegerlo de los disparos. Pero desgraciadamente sus esfuerzos resultaron vanos. Él y su motor ya no existen.

Ésta es nuestra vida. Nuestras almas están en nuestros barcos; sin ellos, estamos muertos.

Nosotros podemos, a nuestra edad, soportar estas vicisitudes. Pero los niños, ¿cl es su pecado? ¿Cómo se las van a arreglar? Te juro que me siento avergonzado cuando mi hijo menor viene a pedirme un shekel (la moneda israelí, divisa usada en Palestina) y no tengo nada que darle. Me maldigo a mi mismo y el día en que mi madre me trajo al mundo. Incluso dejo que mi hijo mayor abandone la escuela porque no puedo afrontar el coste. Ahora que trabaja conmigo en el mar, ya no temo por mi mismo, temo por él.

Nosotros, los pescadores, no pertenecemos a ningún partido político. No tenemos armas. Simplemente pescamos. ¿Qué crimen hay en ello?

Ya sabes, el mar es para nosotros como el banco; algunos retiran dinero del banco y nosotros lo sacamos del mar. No necesitamos que nadie nos ayude; solo pretendemos pescar en paz.

https://wearenotnumbers.org/home/Story/Our_souls_are_in_our_motors

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